Antes de explotar...
Recuerdo exactamente la primera vez que quise explotar. Tenía los ojos extremadamente rojos de todo lo que había llorado y mi rostro se encontraba demacrado y un poco hinchado. Acababa de tener una - otra - discusión con mis padres donde yo había sido el error y ellos la solución.
Había tantas cosas que hubiera querido decirles en ese momento… probablemente dije un par y eso ocasionó que una simple discusión evolucionara en mil gritos, mentadas de madre y “eres un idiota” “te estas echando a perder” “no tienes talento” y mil cosas más que adornaban - aún adornan - los curiosos pasillos de mi mente en esos días.
Luego de tan interesante altercado de palabras coloridas y de intenciones mal intencionadas, corrí a mi cuarto. Ese lugar era mi refugio en muchos sentidos. A un lado tenía un equipo de música que hacía retumbar las paredes cuando me lo proponía y al otro un estante de libros tan grande que - valga la honestidad - nunca terminé de leer.
Entré a aquel espacio y, por primera vez, lo sentí ajeno. Ninguno de esos libros me hablaba a mí, a mi corazón destruido por aquellas frases y a mi cerebro negándose a tomarlas como propias. Ninguno de los discos a lado del equipo de música le hablaba a todo aquello que sentía bien y el universo, el mundo… mis padres … me decían que estaba mal.
Todo mi alrededor le hablaba a una versión de mí que no pude reconocer. Aquella versión saltaba y se alejaba de mi mente sin que yo pudiera detenerla. No quería detenerla. Quería que corriera y huyera lo más rápido posible pero, antes de eso, quería que volteara y viera el desastre que estaba abandonando.
Pero no lo hizo. Siguió corriendo sin mirar atrás mientras yo me sentaba en la cama y contenía las lágrimas que mi vida no quería reconocer. ¿Porqué lloraba? ¿Qué motivos tenía para llorar? Era un adolescente de 16 años. Tenía un futuro por delante y un pasado que olvidar. Tenía una carrera prometedora y un sueño que me rehusaba a olvidar. Tenía… ¿Qué tenía?
Es pregunta vació mi habitación, mi casa… mi mundo. No tenía nada. Nada a mi alrededor era mio. Todo tenía el nombre de alguien más. Mi cama, mis muebles, mis discos, mi ropa, mis libros… todo lo que había cuidado y apreciado durante tanto tiempo se desvanecían al reclamar su propiedad.
Vivía la vida de alguien más. Estaba profanando el registro de alguien, las pertenencias de un desconocido. Yo… yo no era ese ser que podía tomar un libro y leerlo en una tarde o molestar a los vecinos con un disco a todo volumen, ni aquel que todos los días se levantaba esperando que ese día fuera mejor. No lo iba a hacer pero aquel ser tenía esperanzas de que lo fuera.
¿Qué era yo? No lo sabía.
Solo podía reconocer mis lagrimas como mías y no las quería, mi rostro demacrado, mi sobrepeso, mi pelo rebelde, mi postura encorvada, mis manías y mis miedos, mi dolor… mucho dolor.
Fue tanto el dolor que se apoderó de todo el espacio que encontró y aún así no le bastó. Contaminó todo aquello que encontró y lo modificó a su conveniencia, a su placer. Maximizó el peso de los defectos y eliminó las poquísimas virtudes que se habían escondido en los lugares más recónditos de mi mente. Tomó mis sueños y los ensució con su tierra y no les permitió tomar su lugar. Encontró aquellos hermosos recuerdos de mi vida y, desde ese día no he vuelto a saber nada de ellos.
Sin darme cuenta, en un segundo, el dolor se apoderó de esa carcaza que en ese momento yo era, en esa nada.
¿Qué era yo? Dolor.
Pero no era aquel dolor que te atormentaba fisicamente o que gritaba al mundo por su liberación. No. Era otro tipo de dolor. Uno silencioso, que se sintió complacido al no encontrar resistencia. Llenaba cada espacio de mi mente y la torturaba sin intención de parar… por dentro.
Por fuera seguía siendo una carcasa vacía. Las lagrimas ya no querían salir, el llanto no quería explotar, la rabia no tenía lugar en mi rostro ni en mi cuerpo. Por fuera seguía viendo a mi cuarto sin reconocer aquel lugar que tenía que llamar mío.
Curioso es como todo este proceso duró probablemente - y exagerando - 5 segundos. Si me veías por fuera solo estaba sentado en mi cama mirando a la nada. Y así fue como escuché dos golpes en la puerta.
No quise abrir. Si de mi hubiera dependiendo hubiera elegido la combustión espontánea en el momento con tal de no abrir la puerta. No sabía quien era y no quería saberlo. Solo quería no tener que abrir.
- Hijo, abre la puerta - dijo mi madre desde el otro lado, mientras seguía tocando.
No podía dejarla así, ¿verdad?. No podía no abrirle la puerta. No importaba si ella había dicho la mitad de las frases más crueles que había escuchado. Era mi madre. Tenía que abrirle la puerta. Y eso hice.
Como si fuera cámara lenta, me paré y caminé los 2 pasos que me llevaban a la puerta. Tomé la manija y, como un peso que pasa por mi cuerpo, algo cayó por mi garganta y terminó la conversión que el dolor había empezado.
Era ira. Aún la recuerdo perfectamente. Se acumuló en mi garganta y me dejó un sabor amargo que aún recuerdo. Como parte de una conversión macabra, mi cuerpo me obligó a tragarlo. Hubiera querido escupirlo pero eso significaba botar todo el dolor en mi interior. ¿Y si hacía eso, que quedaba? Nada. Dolor era mejor que nada, ¿verdad?
Y eso hice. Tragué la ira y sentí que cerró el trato más injusto que pude haber hecho. El dolor se había apoderado y se había fortificado con la ira. Pude sentir el calor que eso significaba recorrer por todo mi cuerpo y como me convertía en un ser que no iba a reconocer pero, tal vez con el tiempo, iba a poder querer.
Con lentitud abrí la puerta. Me encontré una imagen interesante: mi madre con los ojos vidriosos y la postura encorvada, mirándome avergonzada y preocupada. Pude ver en su mirada que tampoco reconoció a la persona que vio cuándo le abrí la puerta. No sé si entendió el proceso que había vivido o si vio en mis ojos el mismo dolor que, tal vez, algún día la convirtió a ella.
- ¿Cómo estas? - dijo tímidamente.
- Estoy bien - dije con la voz vacía - no te preocupes.
Recuerdo el sonido de su voz diciendo más palabras que, la verdad no presté atención. Solo tenía dos palabras para ella: estoy bien.
Como muchas discusiones dichas en la casa de mis padres, se terminaban cuando yo decía: “Debo ir a la universidad”; y esta no fue la excepción.
Mi madre se fue a hacer su vida de mujer, madre y esposa. Yo tomé mi mochila y me encerré en el baño. Me lavé el rostro intentando borrar las marcas de llanto y ensayé una divertida sonrisa para el momento que tuviera que contar esta divertida anécdota a mis amigos.
Antes de salir me miré por última vez al espejo. No podía reconocer quién me devolvía la mirada. Con el paso de los años las cosas han cambiado y el dolor se ha ido disipando, pero en ese momento, le sonreí al extraño en el espejo y le dije: “Gracias por no dejarme explotar”.
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