Antes de levantarse.
Durante diversos momentos de la vida, Antonia corría al patio trasero de su casa y, ante el manto azul de una noche sin estrellas, se tiraba al pasto, miraba al cielo y suspiraba. Sus días ya eran demasiado largos como para querer pensar en mucho más y, conforme avanzaban las horas, sentía que sus suspiros dejarían de importar en cuanto se levantara del pasto. Habría dado todo por no tener que levantarse del pasto. Sabía que era prácticamente imposible, claro. La vida le haría el llamado y ella tendría que correr a casa y cumplir con sus deberes. No era la más feliz haciéndolo pero ¿Quién más lo haría? Estaba segura que su madre no, ni sus hermanas... su padre... en el no quería pensar. Con el tiempo había aprendido a aceptar el lugar en el que se encontraba. Era la hija mayor, la responsable, la encargada de la casa luego del golpe de su madre y, ahora, tendría más peso encima... tenía que ser feliz con esa vida. Lo necesitaba. Lanzó un último suspiro y se sentó...