Antes de levantarse.

Durante diversos momentos de la vida, Antonia corría al patio trasero de su casa y, ante el manto azul de una noche sin estrellas, se tiraba al pasto, miraba al cielo y suspiraba. Sus días ya eran demasiado largos como para querer pensar en mucho más y, conforme avanzaban las horas, sentía que sus suspiros dejarían de importar en cuanto se levantara del pasto.

Habría dado todo por no tener que levantarse del pasto. Sabía que era prácticamente imposible, claro. La vida le haría el llamado y ella tendría que correr a casa y cumplir con sus deberes. No era la más feliz haciéndolo pero ¿Quién más lo haría? Estaba segura que su madre no, ni sus hermanas... su padre... en el no quería pensar.

Con el tiempo había aprendido a aceptar el lugar en el que se encontraba. Era la hija mayor, la responsable, la encargada de la casa luego del golpe de su madre y, ahora, tendría más peso encima... tenía que ser feliz con esa vida. Lo necesitaba.

Lanzó un último suspiro y se sentó en el pasto mirando al frente. Dos pequeñas liebres corrían de un lado al otro, ignorantes de la vida. Pensó en aquellos años en los que ella también era ignorante de la vida... No recordaba la última vez que se había sentido así de pequeña y no quería recordarlo. Cada vez que ese pensamiento cruzaba por su mente un pequeño nudo se armaba en su garganta y tenía que luchar para que sus ojos no se humedecieran. La mitad de las veces lo lograba, la otra mitad pues... tal vez sus lagrimas eran más rebeldes que ella.

Sabía lo que vendría a continuación. Había sido testigo del sendero que le tocaba atravesar y ahora, siendo ella la protagonista, conocía la teoría de dicha situación. ¿Qué sería lo peor que podría pasar? ¿Decir qué no? Hace tiempo había perdido esa posibilidad y no había forma de recuperarla. Tenía que pararse y enfrentarse a su nueva vida...

Con 15 años... Tenía que enfrentarse a su nueva vida con 15 años. ¿En serio tenía que enfrentarse a su nueva vida con 15 años? Mientras se convencía a si misma que la respuesta era afirmativa, pensamientos contrarios corrían por su mente buscando donde asentarse. El peso de la vida no les dejaría hacerlo pero su insistencia tal vez lograría triunfar.

Solo tenía que levantarse y correr hacia su madre como lo hacían sus hermanas menores cada mañana luego de regresar del colegio. Correría y, con lágrimas en los ojos, le rogaría que le permita volver a ser una niña. No era difícil... No era complicado... No pasaría.

Aprovechando la brisa nocturna que movía su cabello, sacudió su mente y se deshizo de aquellos pensamientos. No tenían cabida en su vida y no quería que ocupen un lugar que no les correspondía. En cuando se levantara del pasto, comenzaría su nueva vida y necesitaba esos lugares en su mente para otros pensamientos.

Porque el tiempo puede ser el enemigo más cruel, el azul de la noche pasó a ser de un rojizo dolorosamente hermoso. Eso hubiera dicho si alguien la descubriera llorando. “El amanecer es hermoso” hubiera dicho y luego hubiera sonreído de forma inocente mientras se levantaba y caminaba a casa. Esa explicación era mucho mejor que explicar el universo de pensamientos en su mente y, más para ella que para el extraño o extraña, mucho más fácil.

¿Y es que cómo podía explicarle a sus hermanas, a un extraño o a su madre que lloraba por la crueldad del tiempo? ¿Cómo podía explicarles que ella aún era una niña y no quería nunca dejar de serlo? Solo quería poder correr por el campo con sus hermanas y reírse de lo ignorante que era de la vida y lograr mirar al futuro sin sentir que este se escapaba de sus manos.

No era una mujer. Era una niña. Quería poder decirle al mundo que era una niña y que el mundo le creyera. Que la mimaran, le sonrieran, le vistieran con lo más hermoso y escuchar que nunca sería una mujer. Quería que su madre lo dijera en voz alta y sus hermanas lo gritaran corriendo.

Ella era una niña. Quería que todos lo sepan; que su padre lo sepa. Tal vez de esa forma no habría abusado de ella durante los últimos meses.

Se limpió las lágrimas que aquellos pensamientos habían logrado soltar y se levantó. No era una niña. Ya no. Era una mujer. Tenía que cargar con el peso de aquellas palabras y mirar al futuro con firmeza, rogando que la criatura en su vientre no fuera una niña.

Con el cacareo del gallo, caminó lentamente hacia su casa. Mientras sus hermanas corrían al baño exterior a lavarse la cara, buscó en sus bolsillos un cigarro, lo encendió y le dio una larga, profunda y consciente pitada. Después de todo, eso era lo que hacían las mujeres, ¿verdad?

Comentarios

Entradas populares de este blog

Antes de explotar...

Nombres al azar - 1

El Destino de la Reina.