El fin de semana.

Mario abrió los ojos. Casi todo era oscuridad. Por la ventana se colaba un rayo de luz de algún faro distante que no lograba iluminar la habitación y solo resaltaba mucho más las sombras ya existentes.

Suspiró. No quería despertarse. Le había costado tanto dormir que el despertarse tan temprano aún a pesar del cansancio le parecía irónico. Había dormido... ¿Cuánto tiempo había dormido? No lo sabía pero, si superaba las 3 horas, iba a ser un nuevo récord.

Con las fuerzas que logró obtener se levantó lentamente de la cama y se sentó en el borde. Bostezó. Y sonrió. Su cuerpo estaba cansado. Él sabía eso. Pero su mente... Su mente era la que mandaba y, según su criterio, ya había dormido lo suficiente.

Tanteando en la oscuridad estiró su mano hasta la mesa de noche y tomó su celular. Entrecerrando los ojos lo prendió y vio la hora: 5:00 am. Si lo pensaba ese era otro récord, solo que no tan positivo. Había dormido media hora.

Volvió a suspirar, esta vez más fuerte. Podría volver a echarse y cerrar los ojos aunque sabía que sería completamente en vano. No volvería a dormir. Tomó el teléfono con la mano y, como pudo, se levantó y salió de la habitación.

En otro supuesto, una persona con media hora de sueño no debería estar manejando o enseñando a menores impresionables pero, para el mundo, el era un adulto funcional y estable que descansaba lo necesario y sonreía constantemente. Así que, luego de bostezar una última vez y pegarse una sonrisa en el rostro, tomó su maletín, salió de su auto y se encaminó al colegio.

- ¿Cuánto has dormido? - le preguntó la persona que caminaba a su lado.

Mario ni se inmutó. Se había acostumbrado a que Víctor se acercará a su lado sin hacer ruido y ya no le sorprendía.

- Media hora - le respondió mientras saludaba al conserje con una sonrisa de oreja a oreja - ¿se nota?
- Ni un poco - le respondió Víctor - 10 años aquí y esa sonrisa sigue sin perder su efecto.
- Es la práctica - le respondió Mario.
- Oye, hablando de práctica - agregó Víctor - mi banda y yo tendremos nuestra primera tocada en el centro y quiero que vayas.
- Tengo muchas cosas que hacer - se excusó Mario.
- ¿Cómo dormir? - le preguntó Víctor y Mario no supo que decir - mira, anda un par de horas. Te tomas una cerveza, te distraes un rato y luego te vas a tu casa. No es como que vayas a dormir temprano de alguna forma. Quién sabe y distraerte te ayuda a dormir más rápido.

Mario abrió la boca sin saber qué decir.

- Genial. Te veo allá - dijo Víctor y salió corriendo antes que Mario pueda argumentar en contra.
- ¡No voy a ir! - gritó Mario.
-¡Te veo allá! - gritó más fuerte Víctor mientras entraba a un salón.

El día laboral pasó sin mayor novedad. Siete horas de enseñanza a un salón de quinto grado de primaria se pueden pasar muy rápido o muy lento y, por suerte para Mario, ese fue muy rápido. Salió del colegio con la misma sonrisa pegada en el rostro y, en cuanto entró en el auto, volvió a bostezar y manejó a casa.

Ni bien llegó a su habitación cayó directamente en la cama y cerró los ojos. Quería no pensar. Quería poder dormir hasta que tuviera que levantarse e ir a trabajar. Quería, por una vez, sentirse como esa persona estable y funcional que el mundo creía que él era. El mundo, menos Víctor.

Habían llegado al trabajo el mismo día y, desde ese momento, no tuvo muchos secretos que guardarle. Poseedor de una perspicacia increíble, Mario no había sido capaz de ocultarle muchos detalles de su vida.

Víctor se había abierto con Mario desde el primer día y esta apertura le había empujado a mostrarse tal cual era, incluso aunque no quisiera. Aún recordaba la primera - y única - vez que lloró con su amigo y una cerveza en la mano y como este había escuchado cada palabra que salía de su boca como si fuera importante. Se sintió escuchado, apoyado. En mucho tiempo logró sentir que le importaba a alguien. Al día siguiente actuó como si nada había pasado. Y Víctor entendió.

Él había intentado devolverle el favor con una amistad inquebrantable. No eran los amigos que se llamaban por teléfono cada día a contarse las aventuras pero siempre que lo había necesitado, Mario había estado ahí. Durante su boda y su divorcio, Mario le había apoyado. Incluso cuando comenzó esta aventura loca de iniciar una banda, él había estado ahí.

Excepto esa noche. Necesitaba descansar. Quería poder apagar la mente y desconectarse por un momento... pero era su primera tocada... ya tendría otras a las que podría ir con más animo... ¿y si no las tenía?... igual y la idea de una banda era estúpida... pero su amigo le necesitaba y tenía que estar ahí para el...

Perdido en sus pensamientos, el vibrar de su teléfono le sacó de sus ensoñaciones. Con la mano más cercana agarró el aparato y prendió la pantalla. Tenía un mensaje... de Víctor.

“Entiendo si no quieres venir. Créeme que lo hago” - leyó Mario en la pantalla - “pero en serio quería que vengas. A este punto, tú eres la única persona con la que podía contar. Igual, si no vienes, esta bien. Intenta dormir que lo necesitas. Nos vemos.” Mario sonrió. El truco más viejo del libro había funcionado. 

Víctor se atragantó con la cerveza cuando vio el auto de Mario estacionarse. Tirando la lata al suelo salió corriendo mientras sus amigos le miraban extrañados.

- ¡Viniste! - gritó Mario mientras le abría la puerta - ¡No puedo creer que viniste!
- ¿Cuántas cervezas vas? - le dijo Victor mientras salía del auto.
- Las suficientes para sentirme como un niño porque viniste - le dijo Víctor mientras le abrazaba.
- No vuelvas a manipularme para que venga - le dijo Mario mientras le devolvía el abrazo.
- ¡Ven! - dijo Mario feliz mientras caminaba - quiero que conozcas a la banda. Mario siguió a Víctor lentamente.

La banda era un grupo muy variado. De los 5 hombres parados a lado de la camioneta, dos eran tan grandes y robustos que parecían roperos, y no había una parte de su cuerpo visible - excepto el rostro - que no tuviera tatuajes. El de en medio tenía el cuerpo mas proporcionado y era de la misma talla de Víctor; y el cuarto era pequeño y tenía un piercing en el labio. Todos eran increíblemente peludos y vestían de negro, cual uniforme. El quinto desentonaba en toda la estética: delgado, lampiño y vistiendo una camisa verde y un pantalón jean, resaltaba entre los uniformados.

- Mario - dijo Víctor - ellos son Carlos, Martín, Pedro, José y Andrés. Ellos son la banda.
- ¿Y quién es quién? - preguntó Víctor - presenta bien.
- Cuando esta ebrio se vuelve medio idiota - dijo uno de los tatuados - me llamo Pedro. Y este es Andrés - dijo señalando al de la misma talla que Víctor - el es José - dijo señalando al del piercing - y ellos son Carlos - señalando al otro tatuado - y Martín - señalando al que desentonaba - son la parejita del grupo. - Gracias - dijo Mario - un gusto con todos.

La reunión siguió con calma durante el resto de la tarde. Mientras más autos llenaban el estacionamiento, menos alcohol en la sangre tenía Víctor. Ya caída la noche, todo el espacio se encontraba repleto de personas y autos. Música salía de dentro del bar y afuera, Mario esperaba en su auto.

Le habían ofrecido entrar y esperar en el backstage con los demás invitados pero, con la excusa de esperar sentado en la barra, había logrado salir y escabullirse hasta su auto. Tenía las llaves en las manos. No sería difícil manejar a casa y terminar con la noche. Podría argumentar que había tomado muchas cervezas, que se sintió mal o alguna otra excusa. Incluso podría no dar ninguna excusa y solo irse y ya. Estaba seguro que Víctor iba a entender y no le iba a juzgar.

Sabía que si salía de su auto y se unía a la fiesta, la pasaría bien. Probablemente tomaría como no lo había hecho en años, bailaría, se uniría al festejo con la banda y tendría la peor resaca de su vida. Eso era lo que siempre le había prometido Víctor. Pero algo le impedía vivir todo eso. Muy dentro suyo, tan adentro que no creía poder expresarlo, sentía que no merecía vivir ese tipo de experiencias. Sentía que tenía que volver a su casa, encerrarse en el cuarto y no salir de ahí hasta que tuviera qué ir a trabajar. Odiaba eso. Quería poder divertirse, alegrarse. Ser el humano funcional que todos pensaban que el era. ¿Porqué no podía?

Sin pensarlo soltó las llaves en el asiento del copiloto y apoyó su rostro en el volante. Empezó a respirar muy consciente de su propio entorno: el ruido de las personas, los autos a su alrededor, el bajo que salía de dentro del auto...

Un golpeteo a la ventana lo sacó de su mente. Alzó la cabeza asustado. Martín, el chico de estilo diferente, le miraba desde afuera con una sonrisa y un sobre en la mano. Mario bajó la manija de la ventana.

- Hola - dijo Mario casi gritando.
- Víctor me pidió que te entregue esto - le respondió el Martín de la misma forma.

Martín le entregó el sobre y Mario lo abrió. Adentro había un disco. Encima de la portada había un post it pegado con un mensaje. “Gracias por haber venido. Sé que fue complicado. V”.

Con cuidado sacó el post it y, en la portada, se encontraba el nombre de la banda y, alrededor de este, la firma de los demás integrantes. Mario sonrió.

- Deberías unirte - le dijo Martín - la están pasando genial.
- ¿Ya te vas? - le preguntó Mario.
- Sí - le respondió - solo vine a apoyar a Carlos y la niñera cobra por hora. Aparte esto no tiene cuando terminar. 
- Gracias - dijo Mario señalando el disco.

Martín se alejó del auto mientras Mario cerraba la ventana y guardaba la llave en el bolsillo.

Mario era consciente de cada paso que daba, muy consciente de hecho. Podía sentir su corazón palpitar, su respiración pesada y el peso de su ropa en su cuerpo. No sabía el motivo pero todo a su alrededor empezaba a moverse cada vez más lento conforme avanzaba a la puerta del bar.

Era extraño. Una persona que siempre había intentado mantenerse sereno y amigable ahora tenía miedo de entrar a un bar. No era como que nunca hubiera ido pero había pisado unos cuantos en su adolescencia y ahora sentía que volvía a esa primera vez hace muchos años atrás.

Cómo pudo caminó entre la gente parada fuera del bar que aprovechaba el ruido apagado para disfrutar la fiesta y llegó a la puerta. En ella, un hombre con cuerpo de dos le devolvía mirada. Mario le miró sin saber cómo reaccionar.

- Hola - dijo Mario temeroso de gritar muy fuerte y molestar al guardia - estoy en la lista. Soy amigo de una de las bandas.
- Los invitados de las bandas pasaron hace una hora - le dijo el guardia con voz ronca - estamos llenos. Nadie puede entrar.
- Pero soy invitado de... - dijo balbuceando.
- Nadie puede entrar - repitió el guardia.
- ¡Hey toro! - dijo una voz desde la puerta - esta bien. El puede entrar.

Mario alzó la mirada y vio a José sonreírle y estirar la mano para que entren juntos. El toro le dio una ultima mirada a Mario, se movió y le dejó entrar.

Ansiedad. Fue lo primero que sintió Mario cuando logró entrar al bar. El toro no mintió cuando dijo que el bar estaba lleno. En realidad, lleno se quedaba corto. Había tanta gente que no podía avanzar. No quería avanzar. El ruido hacía imposible escuchar cualquier tipo de voz. Volteó y vio detrás suyo cerrarse la puerta. Estaba encerrado.

“Debí haberme ido” - pensaba Mario. Sintió que su garganta se quedaba seca y que empezaba a sudar frio “Si estuviera en mi casa no me pasaría esto” la visión se le empezó a volver borrosa “Esto es mucho más de lo que puedo aguantar”.

En un momento su mirada coincidió con la de José y pudo ver el miedo en su rostro. 

- ¿Estas bien? - leyó en sus labios.

No lo estaba. Como pudo negó y vio a José correr a su alcance antes de que su cabeza toque el suelo.

Mario despertó y miró el techo. Arriba la imagen de una chica en un diminuto bikini le devolvía la mirada. Extrañado, se sentó lentamente y miró alrededor.

Se encontraba en el backstage del bar. Estaba solo. Vio un vaso en una mesa cercana y un post it pegado sobre el: “Bébelo. V” Haciendo caso del mensaje, agarró el vaso y lo bebió de un solo trago. La gaseosa le ayudó con el azúcar en el cuerpo y, luego de unos minutos se sintió más compuesto.

Con la fuerza que logró juntar se levantó y caminó fuera del camerino. Mientras más avanzaba más familiar se le hacía la voz en los parlantes. En cuanto logró llegar a metros del escenario se dio cuenta porque.

Victor, con la guitarra en manos, cantaba y disfrutaba de la experiencia como nunca lo había hecho en todos sus años de docente. Interactuaba con la banda y con el público como si fuera un experto.

Mario aplaudió y gritó al terminar una canción y Víctor volteó a verle. Ambos se sonrieron.

-Y ahora - dijo Víctor a través del micrófono - luego de su regreso de la muerte... Mario, esta canción es para ti. Gracias por haber venido.

Ese sería un momento que siempre iba a recordar. Su amigo estaba feliz. Y el estaba ahí para presenciarlo. 10 años de amistad en la que, sin pensarlo, habían compartido el mismo ambiente y conversado de cosas que el nunca hubiera tocado con nadie. Todo ese tiempo nunca había visto a su amigo con tanta felicidad.

Y por fin pudo sonreír. Nada de caretas ni de sonrisas falsas. Por fin sintió que sonreía realmente. No recordaba la última vez que lo había hecho pero estaba seguro que nunca olvidaría esta.

Mientras Víctor cantaba, Mario sonreía intentando aguantarse las lágrimas. Estaba seguro que alguna se había escapado. No le importaba. Estaba feliz.

El dolor de cabeza era brutal. No recordaba haberlo sentido así en mucho tiempo, ni siquiera cuando había dormido media hora.

Mario abrió los ojos y vio a su alrededor. Se encontraba en su departamento. Extrañado se sentó en la cama y vio su pantalón tirado en el piso. Solo se encontraba en bóxer y camisa. La ventana se encontraba abierta y por esta entraba una luz cegadora. Era de día. Como pudo caminó hacía la ventana y la cerró de golpe.

- Yo también hubiera hecho lo mismo - escuchó una voz detrás suyo.

Mario, sobresaltado, volteó y miró a Víctor parado en el marco de la puerta.

- ¿Me explicas qué paso? - preguntó Mario mientras se dirigía al ropero y buscaba ropa nueva.
- Pues... depende de a quien le preguntes, hay varias versiones de la historia - dijo Víctor - pero todos concuerdan que luego de que tocamos, te seguimos dando gaseosa para que puedas mantenerte pero Andrés se quiso pasar de vivo y empezó a agregarle alcohol. No te diste cuenta y empezaste a tomarlo como si fuera agua. Terminaste muy mareado e hiciste fiesta con todas las personas en el bar.
- ¿Qué yo qué? - preguntó, incrédulo, Mario.
- Si - respondió Víctor - empezaste a tomar cosas mas fuertes y te quedaste dormido encima de la barra. Luego de eso te traje aquí, te saqué el pantalón y te deje dormir. 

Mario se sentó en la cama, sorprendido.

- No recuerdo nada de lo que me dices - dijo Mario - ¿hasta que hora nos quedamos anoche?
- Bueno... no fue anoche - agregó Víctor - has dormido todo el día de ayer. Pensé que estabas muerto o en coma. Menos mal que Carlos es médico. El nos ha ayudado a mantenerte en este lado todo el día de ayer.
- ¿Nos? - preguntó Mario.
- Ah, sí - agregó Víctor - toda la banda esta abajo y Andrés esta bastante arrepentido y preocupado por lo que ha hecho.
- ¡No lo estoy! - se escuchó la voz de Andrés en la distancia.
- ¡Tu cállate y agradece que esta vivo! - gritó Victor.

Ambos se miraron.

- Victor - dijo Mario - gracias por manipularme para que vaya.
- Te dije que te iba ayudar a dormir - le respondió Victor - ahora si quieres desayunar apúrate que hay filo y no tenias tanta comida.

Victor salió de la habitación y dejó a Mario sonriendo mientras se cambiaba. 

Mario estacionó su auto y miró al frente pensando en el fin de semana. Había ido a una fiesta, se había relajado, había enfrentado muchos miedos y ahora tenía nuevos amigos y una anécdota que contar. Y ya no tenía insomnio. Tomó su maletín, bostezó una ultima vez y recordó su aventura una vez más. Por primera vez en 10 años no necesitó ponerse una sonrisa. Ya tenía una. Esa era real.

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