La Caja de Cristal.

Había una vez un niño encerrado en una caja de cristal. La caja se encontraba rodeada de oscuridad y, por mas que lo intentara, no lograba ver más allá de su propio reflejo. De gritar pidiendo ayuda se había cansado hace mucho tiempo y, al ver que no llegaba nadie, lo había dejado de intentar. Tampoco la podía romper. Sin importar que tan fuerte golpeara, la caja se mantenía igual y el, en su resignación, solo la contemplaba, derrotado. 

Las lagrimas hace tiempo se le habían acabado y solo se dedicaba a ver su propio reflejo en el vidrio.Así fue como aprendió que tenía los ojos dormidos y el cabello alborotado; que sus manos eran grandes y sus orejas, no; que su sonrisa era bonita y que aquellas lagrimas habían dejado una marca en su rostro que, aunque quería, no podía borrar.

Cierto día que miraba a la oscuridad, algo cambió. Un hombre apareció. Era mucho mas grande de lo que aquel niño se hubiera imaginado que alguien podría ser y, aunque se mantenía encorvado, caminaba apresurado de un lado al otro como si llegara tarde a algún lado.

El niño, emocionado, saltó de su sitio y empezó a gritar buscando que aquel hombre le hiciera caso, sin exito. Golpeó el vidrio hasta que no le quedaban fuerzas, pero no lograba captar la atención de aquel extraño. Cansado de intentarlo y sintiendo que esta oportunidad se le escapaba de las manos, el niño comenzó a llorar.

El llanto fue lo que el hombre pudo escuchar y, con una mezcla de temor y curiosidad, se acercó lentamente hacia la caja de cristal.

El niño dejo de llorar mientras el hombre se arrodillaba y colocaba su mano en el cristal. Al estar tan cerca, por fin pudo ver cómo era y se dio cuenta que tenía los ojos dormidos y el cabello alborotado, que sus manos eran grandes y sus orejas, no; y que en su rostro había marcas que no se podían borrar.

El niño colocó la mano en el mismo lugar que el hombre. El vidrio les devolvía su propio reflejo mientras el niño le miraba con curiosidad y las lágrimas del hombre mojaban el piso.

Y el vidrió desapareció. La caja de cristal ya no estaba y, por fin, el niño pudo sentir como la mano de aquel hombre se entrelazaba con la suya. El hombre sonrió y el niño le devolvió la sonrisa. Y ambos se dieron cuenta que todo estaba bien.

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