El Gran Secreto de los Padres.
Dentro de todas las cosas que fui aprendiendo en la vida, tomé infinitas lecciones de mis padres. Buenas, malas, decentes o innombrables… cada una de ellas se convirtió en un recuerdo que miro de vez en cuando para entender el pasado y planear el futuro.
Esto es lo que yo llego a llamar cicatrices. Están ahí y creemos que han curado pero - a veces - el simple tacto con estas podría provocar un sentimiento de dolor y angustia que demora en desaparecer. Al final, no se va; lo olvidas y te concentras en tu presente.
Bajo esta idea, mientras sobre analizaba las diversas cosas de mi propia actualidad creo que descubrí el gran secreto de los padres. Tal vez ya lo habéis descubierto antes o tal vez esto te de una nueva perspectiva. No lo sé. A mí aún me sigue calzando entre todas las ideas.
Para quien me conoce - y para los que no - nunca he llegado a sentirme 100% listo a ser padre. La realidad que enfrenté en su momento y las vivencias que llegué a pasar me predispusieron a esta idea y, con el paso del tiempo, se convirtieron en miedo.
“¿Cómo yo podría ser padre? ¿Cómo podría yo siquiera intentarlo?” Eran de las ideas que daban vueltas constantemente y que me miraban complacidas mientras les devolvía la mirada aterrado. No había mucho secreto.
El pasado era prueba suficiente que dentro de mi linaje no existían los genes paternos; aquellos que te hacen ser un padre ejemplar y llevar a un ser humano por el camino apropiado para su vida y su futuro. ¿Ni yo manejo mi vida correctamente y tengo que preparar a alguien más? No había forma. Dicho de forma bruta, soy un niño.
Herido.
Soy un niño herido.
No hay forma que un niño herido pueda convertirse en padre.
Esta idea llega a golpear fuertemente durante mucho tiempo y se convierte en una resolución. Se queda cincelada en tu mente y te lleva a la conclusión dicha lineas arriba.
Un niño herido puede venir de cualquier hogar y esconderse en cualquier adulto funcional. Puede sonreír constantemente y mirar por encima a todos los presentes pero nunca olvidará su naturaleza y su creación.
Es aquí donde entra el secreto de todos los padres. Pensando y pensando conecté dos ideas que podrían ser muy obvias vistas desde un reflector diferente.
En todo ese pasado, en toda esa conclusión, en toda esa ecuación existen dos variables muy presentes: tus padres. Dos adultos funcionales que te miran y te crian con las herramientas que pudieron recoger y te sonríen con el miedo en los ojos. ¿Porqué? Porque ellos son niños.
Heridos.
Los padres son niños heridos.
Ellos son la prueba que un niño herido puede convertirse en padre.
La herida puede existir de diversa forma y provocada en momentos variados de su pasado. Y ha cicatrizado tan pobremente que nunca estarán del todo curados. Y te crian. Te llenan de sus miedos, temores, dudas, complejos, problemas. Te llenan de tanto que te conviertes en otro niño herido. No lo hacen a propósito, pero es la paternidad que conocen.
Un niño herido cria niños heridos.
Tal vez sean tan testarudos para reconocer sus heridas o para admitir que las tienen o tal vez no los conoces y la herida se dio en cuando naciste. La verdad es que la herida siempre estará presente. Ellos no lo quieren, claro está. No desean que vivas con esas heridas y, en su justo intento, crean nuevas que no tienen cura rápida.
Al final, la verdad es que un niño herido no debería criar niños heridos… solo que los primeros no llegan a ver ninguna herida, ni las propias ni las ajenas.
Creo firmemente que es mi deber como persona encontrar la cura de mis propias heridas antes de pasárselas a otra persona. Y, espero con ansias, logres sanar antes de aventurarte en el hermoso y difícil camino de ser padre.
Nadie - ni padres ni hijos - merece vivir con heridas.
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